Comentario
Editorial/Opinión
Carlos
Enrique Dallmeier:
Como el cuadrito de vender a crédito o al contado
Cuando conocí las condiciones en las cuales se está
reuniendo la Unión Europea con los países latinoamericanos
para imponernos tratados de libre arancel, me vino a la memoria
la muy popular imagen, que se puede ver en muchas bodegas del
interior del país, en donde aparece en un lado un hombre
gordo y prospero con la leyenda de “Yo vendí al contado”,
en tanto que al otro lado se muestra un hombre famélico
y miserable con la leyenda “Yo vendí a crédito”.
Y me vino porque así veo las condiciones en las cuales
se negocia la soberanía de nuestros países, a espaldas
de sus pueblos, con los países ricos. Por ejemplo en Viena,
de una parte están los países de la Unión
Europea, actuando en bloque, con objetivos comunes muy claros,
y por la otra, se presentan los países latinoamericanos
en completa desunión de objetivos, cada uno actuando por
su lado. Verdaderamente, es una pelea de burro con tigre.
Que diferente fuese si esas negociaciones se celebrasen, primero
en América Latina, y luego, entre la Unión Europea
y una Unión Latinoamericana de Países, que al igual
que la del viejo continente, fuese una instancia política
que tuviese metas claras para el desarrollo y la negociación.
Todo el que tenga dos dedos de frente, o hasta menos, entiende
esto.
Porque eso es lo primero que tenemos que hacer los latinoamericanos,
mandar esa inútil y anacrónica OEA al desván
de la historia y concretar la unión política antes
de iniciar cualquier negociación con cualquier bloque de
países o potencia mundial. Porque, hablando claro, ¿Qué
sentido tiene una organización que a pesar de tener una
mayoría de integrantes que son latinoamericanos e iberoparlantes,
tenga su sede central en Washington y su idioma oficial sea el
inglés? Ese es el más puro servilismo.
Precisamente, de allí el apuro de los europeos y de los
norteamericanos en imponernos los tratados de libre arancel, antes
de que nuestros pueblos y naciones tomen conciencia y puedan conformar
un bloque sólido de negociación.
Claro que los teóricos de la dominación previeron
las nuevas realidades, y así es como inventaron unos adefesios
para dar la impresión de “soberanía”,
como el llamado grupo de los 3, o más recientemente el
de la mentada Confederación de Países Suramericanos,
utilizando a su lacayo el pupusito de Toledo. Todo para impedir
que desaparezca la OEA, su ministerio de Colonias. Porque ellos
saben que mientras permanezca la OEA, es imposible que los latinoamericanos
contemos con la estructura política necesaria para negociar
soberanamente y alcanzar nuestro desarrollo.
Y si es tan claro la necesidad que tenemos los latinoamericanos
de unirnos políticamente, aprendiendo de la experiencia
europea, ¿Por qué no lo hacemos?
Porque la clase dirigente de la mayoría de nuestros países
ha apostado al triunfo de la dominación de los países
ricos, y por lo tanto, y con la esperanza de continuar siendo
los comendadores de esas potencias, se oponen a todo lo que vaya
en contra de ese dominio hegemónico, incluyendo el desarrollo
latinoamericano. Es un lacayismo histórico. En ese mismo
saco están desde narcotraficantes, como Judas Uribe Vélez,
hasta ladrones como Alan García, incluyendo también
oportunistas como Gaviria y Humalla y, por supuesto, los candidatos
del imperio en Venezuela..
Por eso, ninguno de ellos se atreve a llamar las cosas por su
nombre, ninguno habla de una unión latinoamericana, ninguno
habla de eliminar la OEA. Por eso atacan a todo líder que
trate de impulsar la integración, a todo intento de cristalizarla,
por eso defienden el ALCA y los tratados de libre arancel.
Y para justificar esa posición rastrera apelan a cualquier
argumento.
Recientemente tanto Arias como Alan García afirmaron que
Venezuela mantiene su posición soberana gracias a que tiene
el dinero del petróleo. Si eso es así, la conclusión
es bien sencilla, para poder negociar y defender los intereses
de nuestros pueblos e impedir que nos impongan la dominación,
tenemos que incrementar la generación de riquezas en la
región, y la mejor forma de lograrlo es construyendo nuestra
integración política y económica. Los países
de Latinoamérica tenemos unas ventajas comparativas y competitivas
extraordinarias, una misma cultura, un mismo (o dos idiomas) una
sola religión, un solo crisol de razas, un territorio inmenso,
enormes cantidades de recursos minerales y una gran población
con decenas de millones de profesionales preparados.
Por Dios, si ya lo dijo el genio de Bolívar cuando dejaba
claramente expresada esta idea en su misiva “Contestación
de un Americano Meridional a un Caballero de esta isla”,
en 1915 en Kingston, Jamaica, cuando expresaba: “Es una
idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola
nación con un sólo vínculo que ligue sus
partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen,
una lengua, unas costumbres y una religión,...”
Tenemos todo, menos una dirigencia política y económica
a la altura de estas nuevas realidades, ya que la mayor parte
de ella está al servicio del imperio.
Sin embargo, esa posición servil está condenada
a la derrota histórica, y en muy breve tiempo. No por factores
ideológicos ni de deseos, sino por el peso de la realidad.
Ya la América Latina no es la misma de cuando lacayos como
Betancourt, Figueres, Haya de la Torre, y otros de esa calaña,
plantearon como fundamente “ideológico” aceptar
y apoyar el dominio gringo en nuestros países.
De esa América Latina, que cuando nací no pasaba
de los 150 millones de habitantes, la mayoría analfabetos
y viviendo en el campo, y que tenía ante sí un imperio
también de unos 150 millones de habitantes, pero con un
alto grado de preparación y desarrollo, pasamos a un continente
en donde los latinoamericanos llegamos casi a 600 millones de
habitantes, incluyendo los 40 que viven en Estados Unidos, con
decenas de millones de profesionales y técnicos universitarios,
en tanto que los anglosajones de ese país no llegan a los
200 millones.
Además, nuestros países crecen a una media próxima
a los 10 millones de habitantes anuales. Ese peso demográfico
es aplastante y las necesidades producto de ese crecimiento es
lo que explica las profundas convulsiones sociales que hemos experimentado
en la región, y que se seguirá experimentando en
aquellos países que sigan dirigidos por lacayos.
Sin embargo, para impulsar el desarrollo de la región e
impedir que continúen adelantándose los planes de
los países ricos por neocolonizarnos, las fuerzas progresistas
del continente deben empezar desde ya, a trabajar aceleradamente
en configurar esa unión de países latinoamericanos.
Para ello debe estudiarse la experiencia de la Unión Europea,
y deben asimismo, aprovecharse los resquicios existentes, por
ejemplo, el parlamento latinoamericano o las contiendas electorales,
para hablar claro sobre el tema y ofrecer propuestas concretas.
Estoy seguro que si los candidatos progresistas del área
presentasen propuestas concretas en ese sentido y no cayeran en
el juego del imperio, arrinconarían a los miserables candidatos
monroistas, que no tienen más política hacia Latinoamérica
que convertirla en semicolonia de los gringos. Es sólo
cuestión de dejar el miedo.
Ese es el deseo de la inmensa mayoría de los latinoamericanos
y más temprano que tarde se hará realidad.
Carlos
Enrique Dallmeier
es secretario general de la ONG Democracia Global y miembro de
la junta editorial de www.democraciaglobal.com. Sus puntos de
vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
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