RIGOBERTO
está angustiado, su vida cambió. Se despierta
ojeroso, es hora de trabajar, el cuerpo no responde, menos las
ganas.
Fue una
noche interminable, de esas que parecen una fotografía
del infierno.
Trató
de concebir el sueño durante horas, tomó leche,
vio las estrellas y se palpó las manos. En ellas sentía
el peso de un mundo, la alfombra que pisaba se volvió
pantano.
Durante
los siglos que duró la noche, le imploró a la
voz interna que se callara, pero ésta no obedeció.
Ser humano a veces es despiadado, la mente convertida en látigo,
millones de neuronas saltando en la incertidumbre, la angustia
es sádica.
Rigoberto
no siempre fue así. Durante años, la vida fue
tranquila. Se levantaba de la cama seguro de su ser, al verse
al espejo, vea a un hombre normal, orgulloso de sí, en
paz, una existencia predecible.
Su padre
le dejó un negocio de fotografía, y al cabo del
tiempo comenzó a vender celulares, marcos de foto y planes
vacacionales.
Las cosas
iban bien. Ganaba dinero honesto que podía ahorrar para
sus placeres, la educación de sus hijos y su retiro.
Pero de
repente, como si de un río helado hubiera salido, su
corazón se arrugó, encogido y tembloroso bombea
una sangre muy fría, que le congela las entrañas.
Rigoberto
ya no sabe quien es. No piensa igual, no siente lo mismo, está
desesperado. Buscando respuestas que no llegan, a este hombre
el tiempo ya no le sirve de nada, necesita inmediatez.
Se baña,
se viste y ahora está en la cocina, escudriñando
la despensa, oyendo a los niños decir algo entre ellos,
esperando que la angustia pase, come, saluda, no sabe qué
hacer. Las voces internas gritan. Dice algo en alto para acallarlas,
trata de distraerse con la caja del cereal, repasa la agenda
del día.
Pagar la
tarjeta de crédito, no olvidar llamar al banco para que
le perdonen el retraso que tiene con el giro, atender con una
sonrisa a Jimena (la cliente que le devolverá el marco
que compró porque la tela del forro está descosida),
llamar al cuñado, ir a la tintorería y estar de
regreso a las siete, porque tiene la cena que le dará
su esposa, que está contenta porque vio un curso de comida
francesa por la TV.
Pero es
inútil, ya la cotidianidad no le da tranquilidad, Rigoberto
se volvió obsesivo con las noticias, escuchar radio es
ahora su rutina.
Al montarse
en el carro, pulsa 99FM y empieza su verdadero día, el
que tiene lugar adentro en su conciencia, antesala de la noche
que le aguarda.
"Fidel
y Chávez prometen una sola república". "El
nuevo Parlamento autorizará presidencia vitalicia".
"Iván Rincón es embajador ante el Va ticano"...
Rigoberto
mantiene el pie en el acelerador, su dirección es la
tienda de fotografía.
Pero en
el interior de sí, en donde transcurre su vida real,
la que le oprime los intestinos, el pie pisó el freno.
Su vida no camina.
¿Me
confiscarán la tienda? ¿Adoctrinarán a
mis hijos?
¿Es
que acaso importa?, se responde Rigoberto.
La cama
de este hombre ya es un Gulag, sus ojeras lo evidencian.
El
comunismo es su miedo, y el miedo es su respiración.
Noches
como la anterior, cuando la angustia es un demonio, le hacen
preferir ser un preso político de verdad. Y esas noches
volverán, muchas veces en su nueva vida.
Así
piensa Rigoberto mientras conduce por Guarenas, rumbo a su tienda
de fotografía.
Juan
Carlos Sosa Azpúrua
es abogado y editor de la revista Petroleo YV. Los puntos de
vista expresados no necesariamente son los de Petroleumworld.
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Petroleumworld 20 09 05
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