Comentario
Editorial/Opinión
D.
F. Maza Zavala: Las siglas de la integración
Aladi,
CAN, Mercosur, ALBA, ALCA son siglas de distintos proyectos —o
propósitos— de reunir a países latinoamericanos
—americanos genéricamente—
en comunidades integradas en lo económico, lo político,
lo social, lo
cultural, aunque —pienso yo— conservando su identidad
nacional. Es cierto
que procuramos una identidad regional (latinocaribeña),
más difícil y
compleja una identidad continental (americana), pero es indiscutible
la
identidad humana, aspiración trascendente de todos los
tiempos, que implica
la identidad de los pueblos y naciones, en un ideal de mundialización,
muy
diferente de la globalización desigual, dominada por los
grandes oligopolios
y los gobiernos que pretenden la hegemonía.
Pero
esa unidad está lejos aún, como todos los grandes
ideales que han
formado los sueños visionarios de los adelantados.
Por
ahora no es posible, ni conveniente, la integración totalizadora
a
escala continental que procuran los gobiernos e intereses de Estados
Unidos
desde hace más de 10 años (Primera Cumbre Continental
en Miami, diciembre de
1994). No es nueva ni novedosa esta intención: preconizada
por Monroe en la
década de los 20 del siglo XIX, por el panamericanismo,
por la Alianza para
el Progreso, implícita en la OEA y en el BID, entre otras
expresiones
concretas de aquel propósito.
Es
necesaria, previamente, la unidad latinocaribeña como medio
de
aproximación a un equilibrio entre las dos Américas:
la del norte y la del
centrosur del continente. En procura de esa unidad regional se
creó la
Alalc, sucedida por la Aladi, proyectos que no alcanzaron su objetivo.
En
vez de ellos han sido creados bloques subregionales: CAN, Mercosur,
Pacto Centroamericano, Carift. La lógica debería
indicar la convergencia de esos acuerdos parciales, mediante la
coordinación de sus bases, normativas, mecanismos e instrumentos,
así como de estrategias y políticas macroeconómicas.
En este sentido, es contradictorio que se subestime la CAN para
fortalecer el Mercosur: lo conveniente es que la CAN y el Mercosur
se aproximen y se progrese hacia la Comunidad Suramericana de
Naciones. Ello no se logrará por decreto ni posturas, sino
por negociación franca, abierta, positiva. Y avanzar hacia
la comunidad latino-caribeña — no simple especulación—
en la ruta de las negociaciones, los hechos, las realidades, las
posibilidades concretas.
Estados
Unidos ha persistido en su designio de forjar un mercado común
continental, evidentemente dispar, desequilibrado, insostenible
con una gran
potencia mundial hegemónica frente a una América
subdesarrollada, dispersa,
también desigual, con los padecimientos de la insuficiencia
económica, la
pobreza, la marginalidad, la extroversión de capitales
y talentos, la
heterogeneidad estructural, entre otros. No es comparable este
propósito con
la Unión Europea, de mayoría de países desarrollados,
ricos, y aún así con
problemas pendientes, dificultades y obstáculos. Para mayor
contrasentido,
el ALCA se planteó como posibilidad a fines de 1994, bajo
las sombras de las
crisis financieras y económicas (la mexicana, la brasileña,
la argentina, la
venezolana y extraregionalmente la del sureste asiático,
la rusa, la turca)
poco después de la “década perdida para el
desarrollo” de América Latina,
del colapso del socialismo soviético y otros hechos y fenómenos
que
perfilaron la incertidumbre mundial en el umbral del siglo XXI.
La crudeza
de las pretensiones de Estados Unidos (apertura económica
incondicional,
trato igual, abatimientos de restricciones arancelarias y de inversión)
mientras poco decía de su propia disposición a “liberalizarse”
(aranceles
discriminatorios, medidas de antidumping, subsidios agrícolas,
protección
para-arancelaria de actividades de baja competitividad, entre
otras) ;
posición histórica de ese país y de otros
desarrollados: proteccionismo oculto o explícito y reclamo
a los no desarrollados para que abran sus brazos al libre comercio
y la libre inversión. Aquella pretensión amedrentó
a nuestros países que, por breve providencia, han exigido
un cambio, con el reconocimiento de las desigualdades, de las
asimetrías, de los riegos de una convivencia tan desproporcionada,
por lo que el diseño original se suavizó (ALCA light),
el ropaje del lobo, que tampoco ha convencido a estos países.
La vía seguida entonces por Estados Unidos ha sido la del
bilateralismo, país por país, para quebrantar los
vínculos regionales y subregionales e imponer de este modo
sus objetivos.
Sin
embargo, han pasado 11 años y la celebración de
un acuerdo multilateral
continental que debía tener lugar este año se ha
alejado una vez más sine
die, lo que equivale virtualmente a un fracaso.
El
dólar tiene una pelea casada con el euro, surgen poderosas
economías —
China, la India— que ensanchan la demanda mundial de productos
primarios
(petróleo, metales, alimentos, entre otros) y refuerzan
sus precios.
Ahora
se ha puesto de manifiesto que negociar con esos países
—lejanos en la
geografía, cercanos en posibilidades— no es una postura
caprichosa, sino una
estrategia visionaria. Hay que multiplicar las alternativas como
vendedores
y compradores, precisamente para fortalecer, no para perder mercados
tradicionales, mediante la capacidad de negociación. Y
no dejar de lado a
Europa, una experiencia que se renueva cada día. Y fortificar
a la OPEP para
mejor equilibrio del mundo.
No
soy adversario de la posibilidad de un mercado continental. Lo
soy de un
designio orientado a sostener el desequilibrio y la desigualdad,
el
subdesaarrollo y la fragmentación de nuestros países.
Hoy más que nunca:
unidad regional efectiva.
D.
F. Maza Zavala
es
economista y miembro del directorio del Banco Central de Venezuela.
Los puntos de vista expresados no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por El
Nacional el 23 de noviembre del 2005. Petroleumworld no se hace
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Petroleumworld 24 11 05
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