Cualquier intento por consolidar la dictadura a estas alturas
ya es imposible
A estas alturas el resultado de las elecciones importa poco
porque ya se sabe que, gane quien gane, tendrá medio
país a su favor y otro tanto en contra. Una novedad para
el chavismo, que desde siempre se sintió ganador absoluto
en una campaña sin sorpresas donde su candidato correría
solo ante una oposición sumida en la división
y el abstencionismo.
No ocurrió
así porque contra todo pronóstico Manuel Rosales
venció el desaliento, reunificó la oposición
y en una campaña marcada por la audacia y el coraje,
se metió en los vedados territorios de la pobreza y la
marginalidad para convertirse en clara opción de victoria
en sólo un par de meses.
La reacción
de un oficialismo adormecido en el exceso de confianza fue de
desconcierto y los intentos por replantear su estrategia ante
un fenómeno inesperado (el Chávez edulcorado del
amor y la ternura, antítesis de su verdadera naturaleza
agresiva y pendenciera) fracasaron rotundamente y lo colocaron
a la defensiva.
Fue así
como el azulado y angélico Chávez se disolvió
en pocos días para darle paso al verdadero: el Chávez
enrojecido y amenazante que aniquila a quien no está
con él, bien sea en Pdvsa, las FAN o el resto del país.
Método que hasta ahora le permitió acumular un
poder reñido ya con los límites que impone cualquier
sistema democrático.
Está
por verse si esa vieja estrategia le va a funcionar en esta
oportunidad, vez, aunque lo único seguro es lo que ya
señalamos al principio: quien resulte vencedor deberá
ganarse la gobernarbilidad sobre la base del acuerdo y el consenso.
Es decir la negociación, la concesión y el reconocimiento
del otro como interlocutor y parte inevadible a la hora de tomar
las decisiones. Talante muy lejos del carácter y estilo
de Chávez, quien confiaba en aplastar a la oposición
con una victoria apabullante que le permitiera consumar su proyecto
de dominación total sin ningún obstáculo
a la vista.
Ese diseño,
a estas alturas, es imposible y cualquier tentativa por radicalizar
el proceso, (reelección indefinida, liquidación
de los medios críticos, estatización de la propiedad,
persecución de los enemigos políticos) chocará
contra un colectivo organizado y movilizado que, como ya lo
demostró en años pasados, impedirá la consolidación
de la dictadura.
Esto ya
de por sí constituye una victoria previa de la oposición,
aunque significaría la prolongación de la diatriba
y la incertidumbre. Rosales enfrentaría un cuadro semejante
en caso de ganar, sólo que su actitud e historia parecen
garantizar su intento de buscar la única salida posible:
la del acuerdo y el entendimiento.