Omar Molina Duarte y Enrique Hung
Esta semana se nos van dos viejos amigos y compañeros, uno de la universidad, otro del trabajo. Omar Molina Duarte fue mi compañero en la Universidad de Tulsa. Lo recuerdo siempre alegre, siempre sonriente. Compartimos la directiva de la Asociación de Estudiantes Extranjeros. En aquellos años había en Tulsa un grupo venezolano muy numeroso. Algunos, como Fernando Delón y Pepe Sahagún eran un poco mayores y hacían un postgrado. Estaban ya casados y los más jóvenes los veíamos con respeto. Omar andaba con Régulo Felizola, quien moriría años después en un accidente de aviación, piloteando su propio aparato en Guárico; con José Cabello, Cabellito, quien ha pasado toda su excelente carrera profesional creando y manejando su empresa Puramin. Con Ricardo Guzmán, Peruano pero asimilado al grupo venezolano. Y con “Chuquito” Silva, primo de Alvaro si recuerdo bien. Omar era una persona muy extrovertida, muy sociable. En aquellos años también estaban en la universidad los hermanos Vivas, Edmundo y Virgilio; el “Pelón” Heredia, Miguél Fraíno, Pancho Carreño, Eleazar Niño, Alí López, David González, Leonardo Moleiro, Manuél Romero Martínez (mi “room mate” por algún tiempo), Belén Pérez, José Pereira, José Aparicio, Diógenes Madrid (Diogenito y su guitarra, compañero de parrandas), mi hermana Cristina, José Rendón, Ramón Rubio y muchos otros.
Muchos de estos compañeros han fallecido. También mi hermana. Y ahora veo con tristeza que Omar ha dicho adiós. Se lleva su alegría y su sonrisa y el recuerdo de sus amigos.
Enrique Hung fue mi compañero en Shell por largos años. Enrique era una de esas aves raras que llaman Petrofísicos, especialistas en analizar el comportamiento de los fluídos contenidos en la roca, la relación entre las propiedades de las rocas y sus fluídos. Son los reyes de la porosidad y de la permeabilidad, los oráculos de las salinidades, quienes leen los perfiles eléctricos para predecir el contenido de fluídos en las rocas y nos dicen a los geólogos si vale o no la pena probar un pozo recién perforado. Yo volaba en el helicóptero con mis registros o perfiles eléctricos del pozo recién perforado, no importa a que hora del día o de la noche y Enrique, u Ovidio Suárez o el gran maestro Miguél Fraíno, quien estuviera “de guardia”, nos daban su dictamen: seco (seco era sin hidrocarburos, con bastante agua salada) , petróleo, gas, dudoso, gran yacimiento probable (en base al espesor de la roca y a las características eléctricas que mostraba, resistividad, etc.). Un buen pozo era celebrado por todos alrededor de la mesa de trabajo. Un pozo seco nos acompañaba como una opresión en el pecho hasta que un nuevo pozo resultase exitoso.
Enrique fue mi compañero en decenas de pozos en el Lago de Maracaibo. Los pozos, como los niños, solían nacer de madrugada. Y nos sentíamos como padres y parteros, solos en la inmensidad del lago, su espesa oscuridad apenas iluminada por el relámpago del Catatumbo. Y nos sentíamos héroes, sabiendo que los venezolanos dormían, mientras nosotros encontrábamos el petróleo que el país necesitaba para seguir progresando (al menos, eso es lo que creíamos).
Enrique era callado, de suave sonrisa, tímido y tranquilo. Luego se convirtió en maestro de nuevos petrofísicos. Veo que deja una hermosa familia. Lo veo todavía haciendo sus cálculos sobre el nuevo pozo, mientras nosotros esperamos ansiosos los resultados, como padres quienes esperan la llegada del nuevo hijo.
Gustavo Coronel
01 03 2010