No sorprende a nadie el resultado de las elecciones efectuadas el pasado domingo en Colombia.
En un país en práctico estado de sitio, sumergido en una guerra civil de más de sesenta años, con extensas áreas bajo el terror de las bandas paramilitares y de los constantes operativos militares represivos, no puede darse un proceso electoral transparente.
Colombia sufre una permanente censura sobre los medios de comunicación. No sólo es que los principales diarios, emisoras y TV están sometidos al estricto control de los voceros de la vieja y rancia oligarquía, sino que el miedo y la autocensura de los periodistas aumenta el secuestro de la libertad de prensa, radio y TV. En Colombia sólo se trasmite por los medios de comunicación social lo que quiera y decidan los grandes intereses del poder económico dominante. Como se sabe, Colombia es uno de los países donde más asesinatos de periodistas ocurren en América Latina.
En Colombia, basta cualquier sospecha de pertenecer a las FARC o estar en las listas de presuntos "terroristas, elaboradas por los servicios policiales, para correr el riegos de ir a prisión o perder la vida. Son conocidos los numerosos casos de "falsos positivos", etiqueta que identificó los asesinatos de centenares de campesinos y hombres del pueblo por unidades de las fuerzas armadas, para justificar el terror oficial.
La victoria de la derecha terrorista y anti venezolana en Colombia no es buena noticia para nuestro país. Significa la presencia en nuestras fronteras occidentales de un gobierno enemigo de la paz y de la convivencia entre nuestros dos pueblos. Significa la permanencia de la amenaza intervencionista y de la provocación guerrerista con sus puntos de apoyo en las bases norteamericanas.
Lejos de amedrentarnos, el resultado electoral en Colombia es un nuevo acicate para avanzar en la profundización de la Revolución Bolivariana y en fortalecer los lazos de amistad y solidaridad con el pueblo colombiano.